El milagro del río Hudson

Por Saúl Reza

No conozco a ningún tripulante aéreo, piloto o sobrecargo, que al despertar piense en la posibilidad de que su próximo vuelo sea el último. Siempre hay una sensación de expectativa o emoción al inicio de cada viaje, sin embargo, después de un tiempo aceptas el ritmo rutinario volando a lo largo de miles de millas náuticas entre aeropuertos y paisajes.

Si bien es cierto que ningún vuelo es 100% rutinario, sí hay cierta familiaridad y normalidad en cada operación que, con el tiempo, mitigan algunos detalles. En nuestra memoria los rostros se vuelven difusos, los despegues y aterrizajes se confunden, y los pasajeros se acumulan por miles. Personalmente, los vuelos que puedo recordar con detalle son los que realicé al principio de mi carrera.

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En nuestra memoria los rostros se vuelven difusos, los despegues y aterrizajes se confunden, y los pasajeros se acumulan por miles.

Sin embargo, hay un «pequeño-gran» detalle que pasa desapercibido en cada vuelo y es que en cada uno obtenemos experiencia. Y es ella quien marca una gran diferencia en esta industria, para los pasajeros (quienes se siente aliviados al ver a un aviador maduro sentado en el asiento del capitán), para las aerolíneas (al reducir la cantidad de dinero que pagan a aseguradoras), para los mismos pilotos (pues si hay algo que es importante para el gremio es la antigüedad en su respectiva compañía por los beneficios que se obtienen), y para las personas que apenas inician (al tomar prestadas ciertas experiencias por parte de mentores, personas a las que admiramos y las más experimentadas).

¿Cómo se ve reflejada la experiencia cuando una persona ha invertido más de 40 años de su vida volando?

Para el Capitán Chelsey Burnett «Sully» Sullenberger III y el Primer Oficial Jeffrey Skiles, la mañana del 15 de enero del 2009 transcurrió sin «acontecimentos notables» volando a través del noreste de los Estados Unidos repetidamente. Al acercarse el último segmento de una secuencia de vuelos de varios días; debían volar un Airbus A320 de US Airways (hoy American Airlines) con 155 pasajeros desde el Aeropuerto de La Guardia en Nueva York a Charlotte, Carolina de Norte. Su número; el 1549.

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Capitán Chelsey Burnett ¨Sully¨ Sullenberger III. Fotografía de NY Daily News.

Para la experimentada tripulación técnica, este despegue sería uno más en sus carreras. Sin embargo, ese día, en esos cielos, bajo ese número de vuelo; «Sully» y Jeff se convertirían, no solamente en los pilotos más famosos del mundo, sino también en héroes internacionales ya que después de perder el empuje en ambos motores al impactar con una parvada de gansos canadienses luego de su despegue a 3,000 pies de altitud, los aviadores hicieron un «gran retiro» de su banco de experiencia, y trabajando en equipo de forma impecable, Sullenberger tomó el control del A320 y lo dirigió a la superficie más larga y plana que pudo observar en medio de una de las metrópolis más grandes y densamente pobladas del mundo: el Río Hudson.

Es precisamente en la orilla que corresponde a Manhattan, a la altura de la calle 34, donde se encuentra el portaaviones «Intrepid»-hoy convertido en museo-, donde los visitantes pueden conocer las aeronaves que a lo largo de la historia se han convertido en leyendas; desde el Concorde (el primer avión supersónico de pasajeros) hasta el F-14 Tomcat (reconocido como uno de los más notables aviones de combate). Nadie hubiese imaginado que este simbólico lugar sería también testigo de una de las proezas más importantes en la historia de la aviación.

Cierra tus ojos por un momento e imagina que estás de pie en la proa del Intrepid, observando el tranquilo y eterno caudal del Hudson, con la fría brisa invernal acariciando tu rostro. Enero de 2009, ha sido una época poco alentadora en muchos aspectos las malas noticias en la radio y TV, así como una crisis económica que ha impactado la vida de cada individuo en el planeta invaden tu mente mientras observas el panorama. Repentinamente, algo te arrebata de tus pensamientos, y los gritos de asombro de las personas que te rodean hacen que dirijas tu mirada en dirección al Puente George Washington. Lo ves. Un avión volando a baja altura sobre los edificios. ¿Cuál sería el primer pensamiento que cruzaría tu mente?

El panorama ante una posible catástrofe

En la cabina del vuelo 1549, la mirada de Sullenberger está fija en el indicador de actitud que muestran las pantallas del moderno avión, mas allá del horizonte de agua helada delante de él. Sabe que debe mantener las alas perfectamente niveladas al momento de realizar el acuatizaje o de lo contrario, el avión podría sufrir un daño estructural mayor que podría fracturarlo en dos. A su alrededor, Jeffrey Skiles realiza disciplinadamente el procedimiento para perdida de empuje en ambos motores, descrito en el manual de referencia rápida para situaciones anormales. Solo hay un problema: el procedimiento está contemplado en caso de que el avión pierda el empuje de los dos motores teniendo mucha altitud y tiempo para trabajar el problema, e irónicamente es algo que bajo estas circunstancias no poseen.

A pesar de esto, Skiles (quien también cuenta con miles de horas de vuelo de experiencia) se concentra en esta tarea de forma fría, intachable, a pesar del sonido de las alarmas. En la cabina de pasajeros, las sobrecargos gritan las indicaciones: «¡Cabeza abajo! ¡Quédense abajo!». A pesar de la incertidumbre, se concentran en su más grande prioridad y la razón primordial de sus funciones como tripulantes de cabina: la seguridad de sus pasajeros y el maximizar el grado de supervivencia ante una posible catástrofe.

Ese día, pudo terminar de muchas formas; positivas y negativas. Sin embargo, las decisiones tomadas en cuestión de milésimas de segundo fueron el factor determinante por el cual, este extraordinario evento ha sido denominado como un milagro. ¿Qué habría ocurrido si Sully hubiese intentado regresar a LaGuardia?, ¿si hubiese virado hacia el oeste para aterrizar en el pequeño aeropuerto de Teterboro?, ¿Si hubiese acuatizado con un grado diferente de cabeceo o de banqueo ?, ¿ Si se hubiese encontrado otra tripulación a los controles? ¿Estaríamos hablando de una historia de supervivencia, o de una gran desgracia?

Las primeras imágenes de un avión una aerolínea comercial flotando sobre el agua helada con pasajeros caminando sobre las alas, así como ferries que acudían para asistirlos serán recordados por muchos tan vívidamente como cuando el hombre llegó a la luna. En pocas horas el mundo sabría que las 155 almas abordo sobrevivieron gracias a un desconocido grupo de excelentes profesionales liderados por una persona con cualidades excepcionales.

Martes 15 de enero del 2009. Fotografía por AP Photo/Steven Day.
Martes 15 de enero del 2009. Fotografía por AP Photo/Steven Day.

El merecido reconocimiento a la tripulación

La admiración del mundo por la tripulación de vuelo de US Airways 1549, se hizo notar de forma inmediata. Sin embargo, la historia de los meses siguientes es tan épica como la del vuelo mismo. Mientras que Sullenberger y su tripulación saltaban a la fama, invitados para aparecer en televisión, radio y eventos sociales, cada decisión tomada en los 108 segundos previos al acuatizaje fueron meticulosamente analizados por la Agencia Nacional de Seguridad del Transporte de Estados Unidos (NTSB), quienes determinarían si el criterio de Sullenberger y Skiles fue el correcto.

Los tripulantes también sufrirían de un desorden de estrés postraumático, como en cualquier evento impactante, que haría que ellos mismos se cuestionaran si actuaron de la forma correcta o si podrían haberlo hecho mejor. Si la NTSB determinaba que los pilotos se habían equivocado, su carrera y su reputación serían destruidas y pasarían a la historia como aquellos que acuatizaron un avión en el Río Hudson cuando no era necesario. Para Sully, lo que más le preocupaba era la percepción que tendría el mundo de las personas que trabajan en la industria a la que le había dedicado toda su vida. ¿Acaso les podría haber fallado?

Un milagro que inspira

Cada vez que coloco esas alas de piloto en mi uniforme, en cada despegue así como en cada momento que asumo el control de un avión lleno de cientos personas para transportarlos a través de la atmósfera a velocidades cercanas a las del sonido, recuerdo este evento que, sin duda, cambio totalmente el paradigma sobre cómo el mundo observa a la industria. El volar se ha convertido en una actividad que casi hemos perfeccionado, gracias a los profesionales que entregan diariamente sus habilidades, tiempo, esfuerzo y energía para conectar el mundo con el máximo grado de seguridad. El milagro en el Hudson es un llamado a recordar que vivimos en un tiempo extraordinario, con gente extraordinaria e infinitas posibilidades.